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Historia de la guerra: breves comentarios sobre la guerra química

Actualizado: 21 jun 2020

La guerra química puede ser definida como el uso o aprovechamiento de las cualidades tóxicas de las sustancias químicas como arma de guerra. Esta forma de hacer la guerra se remonta incluso a la prehistoria, cuando los humanos de entonces utilizaban flechas envenenadas para cazar y defenderse. Los griegos también usaron estas armas, y es representativo ver cómo en sus mitos reflejaban tal práctica, siendo particular el ejemplo de Heracles y sus flechas bañadas en la sangre de la Hidra de Lerna.

En el tratado de guerra conocido como "Las Leyes de Manu" (Siglo VI a. C.) también se hace referencia al uso de flechas envenenadas, proscribiendo su uso. Esta obra incluye al envenenamiento de la comida y las fuentes de agua del enemigo como estrategias aceptables de batalla. Por su parte, en "El arte de la guerra" de Sun Tzu se animaba al uso del ataque por el fuego, recomendado quemar a las personas, los suministros, el equipo, los almacenes y las armas.

Es llamativo lo sucedido durante el asedio de Atenas durante la guerra del Peloponeso, evento en el cual los espartanos situaron una mezcla de madera, brea y azufre debajo de las murallas atenienses, incapacitando a los defensores con el humo resultante. También se dice que durante los brotes de la peste bubónica (o peste negra) ejércitos en Asia, como los mongoles, llegaron a utilizar a los infectados (a cadáveres de los mismos) como municiones de catapultas para esparcir la enfermedad durante el asedio a ciudades.


El fuego griego



Esta imagen tomada del Skylitzes Matritensis, un manuscrito de la "Sinopsis de la historia" de Juan Escilitzes, representa a un barco bizantino lanzando fuego a un navío eslavo durante una revuelta contra el emperador Miguel II.

Se trata de un arma incendiaria conocida como fuego griego, un arma química usada por los bizantinos y que se piensa fue inventada durante el mandato de Constantino IV (668-685). Esta sustancia se podía disparar mediante tubos, o lanzar en granadas y cubos. Generaba llamas que no se extinguían con el agua e incluso ardían sobre ella, y que solían adherirse a la piel y a la ropa. Por la descripción de estos efectos se cree que esta mezcla debía contener petróleo o nafta (un aceite crudo ligero altamente inflamable). También se piensa que en la mezcla pudo usarse resina de pino, por sus cualidades pegajosas.

El fuego griego era capaz de consumir barcos en cuestión de minutos, y este devastador efecto se tiene como una de las causas por las cuales el imperio bizantino resistió casi un milenio. De hecho, gracias a este invento los navíos bizantinos acabaron con la flota árabe que intentó invadir Constantinopla en 673. A la fecha no se ha descubierto el secreto del fuego griego, y es un hecho que se trataba de un secreto de Estado, cuya composición se ha perdido con el tiempo.


La Edad Moderna y la Primera Guerra Mundial.


En el Siglo XVII los ejércitos intentaban asediar las ciudades utilizando proyectiles incendiarios elaborados con azufre, sebo, trementina y salitre. Durante la guerra de Crimea en 1854 químicos británicos propusieron el uso de proyectiles cargados con gas asfixiante. Sin embargo, el uso de estos artefactos fue considerado una forma ilegítima de hacer la guerra y en 1899 la Conferencia de Paz de La Haya prohibió su uso, decisión confirmada en la Conferencia de 1907.

Durante la Primera Guerra Mundial, en el punto muerto de la guerra de trincheras, los alemanes sustituyeron la capa de resina que cubría los proyectiles de metralla por un producto químico que producía irritación en el cuerpo del objetivo. Lo usaron contra los británicos pero no resultó efectivo, por lo que en 1915 empezaron a utilizar proyectiles cargados con bromuro de xililo. Éstos fueron usados contra los rusos, pero las bajas temperaturas impidieron la vaporización del líquido utilizado.

Por su parte, los británicos utilizaron el gas cloro para romper las líneas alemanas. El envenenamiento por esta sustancia produce una muerte lenta y dolorosa por asfixia, pero tampoco resultó ser efectivo al llegar poco del mismo a las trincheras enemigas. A partir de este momento aumentó el uso de proyectiles de gas, llegando a haber alrededor de 63 clases distintas en 1918. Éstas eran capaces de acabar con los soldados enemigos gracias a distintos y devastadores efectos (vómitos, destrucción de testículos, destrucción de la membrana mucosa de los bronquios, entre otros). Como curiosidad, el mismo Hitler fue víctima del gas mostaza durante un ataque británico en el saliente de Ypres en octubre de 1918.


Fuente: Robin Cross, 50 que hay que saber: Guerra, Editorial Ariel, 2012

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